viernes, 19 de mayo de 2017

Ella y el Taj.

Puso un pie sobre el mármol y un escalofrío recorrió su cuerpo. Había soñado con ese momento durante mucho tiempo, había ansiado que ocurriese, nunca había imaginado que se pudiese hacer realidad.
Ya tenía un pie sobre el mármol y creía que iba a desfallecer allí mismo, pero la calma corrió por su cuerpo. Solo podía sonreír y mirar a su alrededor como si no tuviese otra cosa que hacer. Era la maravilla más hermosa que había visto nunca. Los ojos se le llenaron de lágrimas al ver cómo la luz incidía sobre el edificio. Las piedras preciosas reflejaban el sol y las hacía cambiar de color, era un momento mágico.

Nunca había pensado que con quince años llegaría a estar en la escalinata del Taj mirando embobada toda su estructura. Eran tan majestuoso que se sentía diminuta a su lado. Había oído la historia de amor que rodeaba su construcción, pero no era la historia lo que le imponía, lo que le transmitía esa emoción, era el edificio. El Taj era el que se encargaba de transmitir la magia de la historia, la calma, la emoción… Era el lugar perfecto, era incluso mejor de lo que nunca había imaginado.
Tras armarse de valor y subir todas las escaleras que conducían al rellano no pudo evitar agacharse y tocar el suelo. Estaba allí de verdad, no era un sueño. El mármol enfrió su mano y ella no pudo evitar sonreír, seguía sin creerse que se encontraba a los pies del edificio. 
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El guía finalmente hizo que reaccionase y se la llevó dentro del Taj, no era algo que esperaba encontrar y tan pronto como puso un pie en su interior olvidó la voz del guía por completo. Sus instintos la guiaron por todo el interior, tocó la pared del Taj como si nunca hubiese visto una pared en su vida — aunque en su defensa tengo que decir que la pared tenía gemas incrustadas y eso no es algo que veas todos los días — tocó todo lo que tenía a su paso, hasta que tras ver un hueco, se coló entre la gente y pasó a ver la tumba de los amantes de la historia. Una tumba al lado de otra, ambos descansando, allí en mitad de tan grandioso edificio. Unos amantes que la historia y el Taj se negaban a olvidar. 
Después de haber pasado un buen rato diseccionando su interior volvió a salir siguiendo al guía que había perdido cuando entró. Las torres eran tan majestuosas como parecían, llegaban tan alto como el edificio central del Taj y aunque todo el mundo se empeñase que el Taj solo era el centro, las torres y los edificios de al lado también formaban parte él. Estaban igual de trabajados o incluso más que el edificio principal. Tras prestar atención al guía descubrió que las torres tenían cierta inclinación hacia fuera por si pasaba cualquier cosa no cayesen hacia el edificio central. Intentó desde todos los ángulos ver ese desnivel en las torres, pero no pudo conseguirlo, no parecía en absoluto que estuviesen torcidas. 
Finalmente dirigió su vista al paseo por el que había venido. Los jardines que había recorrido para llegar hasta allí se alzaban ante ella. Las fuentes en funcionamiento salpicaban agua a su alrededor, la gente reía, corría, saltaba, sacaba fotos… Era un paraíso en mitad la nada. Un paraíso oculto para aquellos que no podían permitirse el lujo de visitarlo. 
Los indios se aglomeraban en una fila interminable para poder acceder a su interior, toda India conocía el tesoro de mármol que escondía su tierra y la visita al monumento era indispensable. Varios de ellos miraban a la chica asombrados. Una niña blanca en mitad de su monumento, con cara de asombrada y ojos llorosos. Cualquiera pensaría que lo estaba disfrutando más ella que la gente que esperaba a su alrededor. Y quizá lo hacía, su magia la había envuelto. 
Tras respirar profundamente cerró los ojos y se sentó en el suelo, toda la gente de su alrededor desapareció y se quedó allí sola, sentada, en calma, sin ninguna preocupación, sin ningún otro sitio que visitar. Solo ella y el Taj. La magia del lugar consiguió inundarla de sentimientos que no tardaron en brotar, los ojos se le fueron aguando y no tardó en llorar de emoción. Aquel lugar, su historia, el momento que ella estaba viviendo, todo. Todo floreció de repente dentro de ella y no pudo evitarlo, aquello le llegó al corazón.
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Bastante más tarde, su padre le acarició el hombro suavemente, había llegado el momento de inmortalizar la visita, las fotos se sucedieron una tras otra, una con el edificio central, otra con las torres, otra con el jardín de fondo, otra subida en una de los laterales, otra con uno de los edificios adyacentes, otra con su padre, otra  fingiendo que cogía el Taj… Y por supuesto cada foto repetida tres o cuatro veces con distintas posturas. Pero nada de eso le hizo olvidar el pequeño momento que vivió sola allí sentada, disfrutando de las vistas y de la calma que le transmitía el lugar.

Hoy he vuelto allí, he estado allí sentada de nuevo, a los pies del Taj, he vuelto a recorrer su interior, he vuelto a tocar las paredes como lo hice años atrás, he vuelto a recordar su historia, la gente que se agolpaba a su alrededor, los indios mirando cómo sonreía y daba vueltas maravillada de un lado a otro. Hoy he vuelto allí y he recordado su magia, he recordado estar bajo el umbral de la entrada y se me ha vuelto a poner la piel de gallina. He vuelto a olvidarse de prestar atención a las explicaciones del guía mientras recorría con la mirada aquel grandioso edificio. He vuelto a sentirme pequeña, he vuelto a llorar. He vuelto a recorrer los jardines desesperada por poner el pie sobre el mármol, sobre la paz que sintió al poner un pie allí. 

Hoy he vuelto allí, el Taj sigue tal como lo recordaba, ha perdido algún brillo con el paso del tiempo pero sigue igual. Sigue teniendo esa magia que lo envuelve, esa calma, esa sensación de estar en casa. Se volvían a encontrar una vez más, volvían a ser ella y el Taj.

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