martes, 14 de junio de 2016

Ella y él.

Él leía a escondidas, como quien esconde un tesoro bajo miles de trampas con la esperanza de que nadie se lo quite o lo encuentre.
Ella leía por las esquinas, deseaba compartir esas historias con los demás. Conocer distintos puntos de vista, aunque tampoco les prestase mucha atención.
Él escondía el libro bajo la almohada cuando alguien aparecía y ella lo comentaba emocionada el tiempo que la otra persona se parase a escuchar. 
Ella miraba a escondidas cómo el disfrutaba leyendo.
Él la hacía rabiar quitándole el libro.
Ella gruñía y él se reía.

Un día ella se sentó a leer en el sofá. Leía su libro favorito, uno con historias del revés o con barcos que alzaban el vuelo, nunca me quedó claro. Él se sentó a su lado. La miraba de reojo. Ella era como un libro abierto. Él leía el libro en sus expresiones, sabía si le estaba gustando o no, si se emocionaba o si algo le enfurecía.
Sonrió. Y sacó un libro que había bajo el cojín. Ella estaba devorando el libro, estaba tan dentro que no se percató de lo que ocurría a su alrededor.
Él se puso a leer tranquilamente.
Ella alzó la vista y lo vio leyendo.
Él no se dio cuenta.
Ella siguió leyendo, fingió que no se había dado cuenta.
Él volvió a esconder el libro tras leer la última página.
Ella soltó un pequeño suspiro cuando acabó el libro y lo cerró.
Él le dio un beso en la mejilla. 
Ella sonrió.
- ¿Has acabado el libro? - dijo ella.
- ¿De qué libro hablas? - dijo él.

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